Entrevista con Hanif Kureishi.

El autor británico se psicoanaliza hace más de veinte años y cuenta cómo incidió en su literatura y en su cosmovisión

Hanif Kureishi me recibe en el comedor diario de su casa victoriana ubicada en West London, cerca de Shepherd’s Bush. Es un sesentón bajo de piel cetrina, mirada parca y cuerpo trabajado que viste de entrecasa –guarda algún parecido con Kafka, cuya foto nos mira desde la cocina. Pese a haber tramado su literatura en torno a su origen –madre inglesa, padre paquistaní– Kureishi es inglés de cabo a rabo. La puntualidad y el té son apenas indicios.

Kureishi podría ser Kafka, solo que su literatura está arraigada a la vida y habitada por el deseo. Como él mismo: tres hijos –quienes viven con sus madres en el vecindario– y una novia italiana bastante menor hablan de ello. La literatura en su caso es un asunto genealógico, se transmite de padres a hijos. Su padre, un prolífico escritor inédito; él mismo, un escritor de culto que escribe novelas y ensayos, obras de teatro y guiones de cine e incluso dirige sus propias películas; uno de sus hijos también escribe. “Pero todos mis hijos –dirá– quieren trabajar en películas y televisión, que es el presente y el futuro. No quieren escribir novelas, no leen novelas”.

Kureishi podría ser el Kafka que hablara –refiriéndose al judaísmo– de “mi pueblo, en caso de que tuviera uno. Crecí leyendo a Philip Roth. Su experiencia con la comunidad –en tanto estadounidense judío– fue similar a la mía. Me gusta no estar integrado. Cuando era niño quería estarlo, claro, pero no estar integrado es una hermosa idea”.

Quizás ese desajuste sea una de las razones que lo acercan al psicoanálisis. “El psicoanálisis –dice Kureishi– promueve la idea de que cualquiera es un extranjero, extraño frente a su propio inconsciente y el de otros. Yo no quiero estar integrado”. Al igual que Roth y Kafka, Kureishi ha escrito acerca de su padre. También ha debido hablar de él. En veintitrés años de análisis, dos veces por semana, con el mismo analista, habrá tenido tiempo de hacerlo. “Acabo de empezar”, dice, no sin ironía, y cuenta cómo toma la bicicleta para ir a sus sesiones “con los nervios de una primera vez, para tener la mejor conversación de mi vida”.

–No es fácil ir más allá del padre, tuviste que “matarlo” para ir más allá que él, y has ido mucho más lejos como escritor.

–Mucho más lejos, sí. Necesité que mi padre muriera para escribir libremente Mi oído en su corazón. Tuve que esperar que mi padre muriera antes de hacer muchas cosas: antes de tener hijos, antes de enamorarme… Lo mantuve vivo y lo maté poniéndolo en un libro, como hizo Kafka.

–Fue difícil porque era un patriarca, un gran hombre. Pero era también un hombre muy débil. ¿Es más difícil deshacerse de un padre débil que de un padre fuerte?

–Mi padre estuvo enfermo durante los últimos veinte años de su vida. Tuvo muchos ataques cardíacos y fue también un fracaso como escritor. Era un inmigrante y creo que siempre se sintió infeliz y alienado en Inglaterra. Entonces, aunque era mi padre, era un hombre humillado al que era difícil “matar”. Pasé mucho tiempo en mi juventud tratando de mantenerlo vivo, de escuchar sus historias, sus sueños, las novelas que quería escribir. Entonces fui, podría decirse, su analista, su apoyo, su amigo, su hermano, tanto como su hijo. Un padre así, un padre débil que no puedes tirar a la basura es una idea más compleja que cuando tú y tu padre son ambos fuertes y luchan. Es imposible. Pero lo que puedes hacer es evitar que sea un límite para ti, poder moverte más allá de tu padre. Y a la vez amarlo.

–En ese libro te inventaste un padre…

–Claro, lo inventé. Pero tanto como una invención mía fue una persona. (En ese momento, como si necesitara mostrar una prueba física de ello, se levanta, busca y me muestra un cuaderno de tamaño oficio y tapas oscuras, escrito sin darle respiro a las hojas en una letra prolija de oficinista). Tengo los diarios de mi padre aquí, que leo y leo. Pienso sobre ello.

–¿Es cierto que el psicoanálisis salvó tu vida?

–Muchas veces, de muchas maneras. Impidiéndome ser autodestructivo, me salvó de eso que no es poco. Y también me permitió aprender a hablar. Yo tuve que aprender y lo hice escuchándome hablar. Y escuchándome no hablar, ahí donde está el límite, lo que puedes pensar pero no puedes decir. Hoy en Londres alguien que se siente algo deprimido, va al médico que le prescribe pastillas. El análisis no te promete felicidad. No te promete nada. Nada excepto sentarte en una habitación y hablar. Me encantan las drogas, pero solo las ilegales. El psicoanálisis no ofrece nada. Aunque puedo decir que salvó mi vida.

–Hay fuertes lazos entre psicoanálisis y literatura.

–El psicoanálisis para mí siempre ha estado más cerca de la literatura y la filosofía que de la ciencia. Psicoanálisis y literatura se iluminan el uno al otro.

–Susan Sontag ponía de relieve el aspecto estético de la sesión analítica, como una suerte de instalación o performance.

–Es una performance, sí, podría decirse. No hay otra idea en el mundo como la de la sesión psicoanalítica, ¿o sí? Dos personas sentadas en una habitación por veinticinco años sólo hablando, varias veces por semana. Solo hablando, y acerca de las cosas más tontas… de hecho la tontería, podría decirse, es la esencia del trabajo. Es una idea extraordinaria. ¡Puede entenderse por qué no está de moda! Porque es una idea bizarra, aunque hermosa.

* Entrevista realizada por Mariano Horenstein. Diario Clarín. 

Conversación I

El hombre había adoptado esa actitud que puede observarse en aquellos que han reflexionado mucho sobre lo que va a decir.
No hay que ser envidioso del éxito ajeno -dijo-. Y mucho menos enojarse con el otro porque es mejor, más astuto, o más inteligente -agregó y su mirada se volvió vivaz-. Lo que hay que hacer es copiarlo y mejorarlo. Hacer como él, pero hacerlo mejor.
Hizo una pausa, luego volvió a arremeter. Recuerde lo que dijo Picasso, “todos robamos, la diferencia es que yo robo mejor”. Ciertamente, recordé que Picasso había dicho algo así en algún momento, pero no recordaba dónde, ni cuando. Luego, pensativo sentenció: Lo que sucede es que al hombre le espanta saberse un ladrón; anda con su moral a cuesta al servicio de su cobardía -dijo, y esta vez su mirada estaba cruzada por un brillo casi imperceptible-. Pruritos, prejuicios, todo tipo de excusas -continuó diciendo-, que le vienen muy bien, como anillo al dedo, digamos, para hacer de ese hombre un perfecto cobarde.
Recordé en el instante los dichos de S. Freud: El neurótico tiene su propia religión privada, sus propios ritos y prejuicios, que hacen de él, un hombre incapaz de hacerse con el botín de su deseo. Como había dicho mi interlocutor, lo espanta saberse un ladrón.

Gozas de tu síntoma

“El síntoma solo puede definirse como el modo en que cada sujeto goza del inconsciente en la medida que el inconsciente lo determina”.

“El fin del análisis es cuando se ha girado dos veces en círculo, es decir que se ha reencontrado eso de lo cual se está cautivo. El análisis no consiste en que uno este liberado de su síntoma, el análisis consiste en que se sepa por qué se está enredado en eso”.

Jacques Lacan