En cierta oportunidad, un consultante se presenta diciendo lo siguiente: “La estoy pasando muy mal. Tengo muchos problemas, y no sé dónde recurrir. No sé qué tipo de tratamiento es el mejor para mí”. Impacta el modo desesperado con que sus palabras hablan de él y su circunstancia; aumentado por un no saber que parece dejarlo al borde de un precipicio: esta es la impresión que nos deja. Pero al mismo tiempo, y sin que ése fuera su propósito, sus palabras hacen caer el supuesto popular de la psicologización de la sociedad; y abre una contundente pregunta que para nada es superflua. Podríamos construir la pregunta que viene a hacer el consultante de la siguiente manera: ¿Dónde encontraré la respuesta a mis males, a mis problemas?

Un Psicoanalista sabe sobre las demandas que se dirigen hacia él. ¿Hacia dónde se dirige un análisis? ¿Qué se puede esperar de él? ¿Cuál es el resultado que se encontrará en un tratamiento analítico? Freud demostró a lo largo de décadas de trabajo. La eficacia del Psicoanálisis en la resolución de los síntomas neuróticos; y los analistas que lo continuaron en su praxis, lo seguimos demostrando. Como señalara Lacan: hasta nueva orden no hay otro método de tratamiento de lo Real por medio de la palabra, que no sea el dispositivo inventado por Freud.

El Psicoanálisis, al renunciar a hacer uso de la sugestión como agente de su accionar, demuestra que el desvanecimiento de los síntomas neuróticos de ser permanente e irreversible, lo es por no apelar a los ideales de normalidad, ni a creencias en falsas verdades en las que se sostienen, sin que el Sujeto lo advierta, el núcleo de su sufrimiento. Si el tratamiento sólo apelara a la sugestión como medio de convencer al Sujeto sobre su condición de enfermo, entonces habrá que renunciar a ejercer ese método de tratamiento; puesto que de otra manera sólo nos dedicaríamos a una “reeducación emocional del paciente (Lacan). ¿Y qué significa ¿reeducación emocional del paciente? Pues, no otra cosa que ejercer de pedagogos, de moralistas, de líderes espirituales. ¿Es acaso esto lo que viene a pedirnos nuestro consultante? ¿Nos aprovecharíamos de su desesperado pedido de auxilio para invocar en su lugar lo que no serían otra cosa que nuestros propios prejuicios? El Psicoanalista dirige la cura, advierte Lacan, pero renuncia a dirigir al paciente.

¿Alguien que viene a pedirnos a nosotros psicoanalistas, que lo liberemos de sus males, de las cadenas que lo atan al sufrimiento anímico, habría que responderle que cambiaremos sus cadenas por otras? La respuesta no se hace esperar, es no. El Psicoanalista, en cambio, renuncia “al ejercicio de un poder”, de educador, maestro, o guía espiritual, dejando al Sujeto libre de hacer sus elecciones, esta vez sí, librado de las mordazas emocionales. “La dirección de la conciencia, en el sentido de guía moral, queda aquí (en la experiencia psicoanalítica), radicalmente excluida” (Lacan).

Si el Psicoanalista renuncia a la sugestión como medio de promover el accionar terapéutico, lo hace en favor de no retroceder en proceso analítico a los efectos trasferenciales que allí emergen; es más, renuncia a colocarse él mismo, el Psicoanalista, en la comodidad ascética del conductor de conciencia, para alentar que en la experiencia en dónde él mismo es parte, sean los fenómenos transferenciales los que guíen los avances y los altos en el camino. Si es posible en un análisis, que el paciente deponga sus prejuicios y conceda exponer y exponerse ante sí y ante a aquel que está ahí para escuchar, lo podrá hacer porque en un análisis su dispositivo, todo él, está al servicio de promover esa libertad.

El fenómeno de “Transferencia”, tal como lo denominó Freud, no es un concepto que pueda explicarse en pocas palabras; por lo cual, debemos desistir de hacerlo aquí en este breve espacio, y dejar su abordaje para una nota futura. Contentémonos ahora con saber que es bajo transferencia (y no bajo el peso de la sugestión), que se desarrolla la cura analítica; que es bajo este efecto transferencial por medio del cual el analizante da con su verdad, no cualquier verdad, sino aquella que determina sus actos, sus conductas, sus dichos, sus éxitos y sus yerros; en fin, aquello que algunos otros, de forma precaria, llaman destino. “Estarán mal informados si suponen que consejo y guía en los asuntos de la vida sería una parte integrante de la influencia analítica. Al contrario, evitamos semejante papel de mentores; lo que más ansiamos es que el enfermo adopte sus decisiones de manera autónoma” (Freud).

¿Qué se puede esperar de un Psicoanálisis entonces? Pues que no se trata de una psicoterapia cualquiera, que no opera por el convencimiento sugestivo, y por tanto no deja al paciente en una eterna dependencia de su guía moral y consejero. El Psicoanálisis es una experiencia liberadora. ¿Saben a qué se llama una terapia causal, pregunta Freud. “Se llama así a un procedimiento que no toma como punto de abordaje las manifestaciones patológicas, sino que se propone eliminar sus causas”. Si las causas del padecimiento han sido eliminadas, el Sujeto es libre, entonces, de elegir sus propias causas.

Sin duda, estaríamos conformes ahora, si podemos responder a nuestro consultante, que el tratamiento que más le conviene, es aquel que procede por la eliminación de las causas de sus males, y queda ahora de su lado, la libre elección de hacer esa experiencia.

Claudio Barbará