El hombre había adoptado esa actitud que puede observarse en aquellos que han reflexionado mucho sobre lo que va a decir.
No hay que ser envidioso del éxito ajeno -dijo-. Y mucho menos enojarse con el otro porque es mejor, más astuto, o más inteligente -agregó y su mirada se volvió vivaz-. Lo que hay que hacer es copiarlo y mejorarlo. Hacer como él, pero hacerlo mejor.
Hizo una pausa, luego volvió a arremeter. Recuerde lo que dijo Picasso, “todos robamos, la diferencia es que yo robo mejor”. Ciertamente, recordé que Picasso había dicho algo así en algún momento, pero no recordaba dónde, ni cuando. Luego, pensativo sentenció: Lo que sucede es que al hombre le espanta saberse un ladrón; anda con su moral a cuesta al servicio de su cobardía -dijo, y esta vez su mirada estaba cruzada por un brillo casi imperceptible-. Pruritos, prejuicios, todo tipo de excusas -continuó diciendo-, que le vienen muy bien, como anillo al dedo, digamos, para hacer de ese hombre un perfecto cobarde.
Recordé en el instante los dichos de S. Freud: El neurótico tiene su propia religión privada, sus propios ritos y prejuicios, que hacen de él, un hombre incapaz de hacerse con el botín de su deseo. Como había dicho mi interlocutor, lo espanta saberse un ladrón.