Vidas opacas, vidas gloriosas

Es probable que sea un lugar común referirse a un relato de Jorge Luis Borges cuando se trata de abrir canales de pensamiento sobre diversas zonas de la experiencia de la vida humana. También yo me repetiré hoy aquí al traer el cuento La otra muerte, donde el escritor nos refiere la historia de un hombre, Pedro Damián, quien, tal vez, tuvo la asombrosa ventura de cambiar su destino; o mejor, de revivir su vida hasta transformarse en Otro, en aquel que no supo ser, o que no pudo ser. Es la extraña historia de un hombre a quien le aconteció vivir dos muertes; o sería más apropiado decir, la historia de un hombre a quien le aconteció morir su única muerte, pero en dos circunstancias bien diferentes, alejadas en el tiempo y el espacio.

Una de sus muertes acontece siendo un valiente bajo el fuego enemigo en la sangrienta, nos cuenta Borges, batalla de Masoller. Pedro Damián, hombre no dotado de lucidez ni inteligencia, habría sentido la embriaguez de la gloria, o tan sólo el llamado entusiasta pero apurado de la juventud; y por eso, sin mayor reflexión, se unió a las tropas que pelearían en aquella gesta final de Masoller. Con tan sólo veinte años, en aquella hora brava en donde ejércitos desalineados –así debemos imaginarlos-, derramarían su sangre y sus injurias en el año 1904, Pedro Damián entraría en la memoria de otros como el hombre que no dudó a la hora de la verdad.

Su otra muerte acontece en otra circunstancia y en otro tiempo, en el año 1946. Muere solo y huraño, de una enfermedad pulmonar, en un alejado y chúcaro paraje entrerriano, en donde el hombre para sobrevivir debe aprender de la árida hostilidad de la vida salvaje. Se nos dice que con sus últimos alientos, envuelto en el mal que se llevaba su vida, sólo tuvo palabras para revivir aquella gesta de Masoller, la que refirió, una vez más, en el lenguaje esquivo del delirio.

Recapitulando: Borges nos cuenta que un hombre muere en 1904 y en 1946. En una de esas muertes se trata de un joven valiente que no duda un segundo en cargar bravamente contra el enemigo; siendo el guerrero decidido, digamos, que nos presenta Lacan en su Seminario. En la otra, más bien se trata de un hombre vencido que lleva la muerte en su pecho, muerte que desde adentro lo consume y lo hace delirar, en el sentido en que podemos decir que un hombre a la hora de su muerte expone la estructura delirante de su fantasma. Borges nos relata que los testigos juran que rememoró con vehemencia aquella lejana e inmemorable batalla; pero esta vez la muerte lo alcanzó al galope, al grito injurioso que anestesia el miedo humano, en su única y última carga contra el enemigo.

Tal vez podamos colegir que existe una forma del Ser del hombre en cuyos actos se advierte el agotamiento de su existencia en esfuerzos y padecimientos que sólo un sentido sacrificial; un oscuro sentido sacrificial puede justificar. Borges nos hace pensar en que cuarenta años significan mucho tiempo en la vida de un hombre, pero tal vez sólo se trate de un instante, de un único y crucial instante. Puesto que, digamos, ¿cuál es la consistencia del tiempo del Ser? El autor continúa informándonos que la antigua Roma contó con filósofos que sintieron que dilatar la vida de los hombres era dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes. Recuerdo ahora que algo similar ocurría con ciertos pueblos originarios de América en tiempos de la conquista. El expediente de éstos era muy simple: sostenían que si un hombre salvaba de la muerte a otro, el salvador estaba obligado a mantenerlo hasta sus últimos días; hasta que aconteciera su segunda muerte. Tal vez aquellos hombres que nada sabían de filosofía latina, sabían, sin embargo, lo que sabían aquellos, que dilatar la vida del mortal es dilatar su agonía.

Pero ya no habitamos los tiempos del clasicismo latino, ni los parajes salvajes de la barbarie inculta, en los cuales el sentido de la vida y la muerte estaba sometido a los caprichos de la fe. En tiempos del Siglo XXI, posmodernos se los llama, se prodigan las vidas dilatadas. Vidas de muertes solitarias, anónimas (vidas cremadas); en las que se sueña con muertes gloriosas, finales de guerreros decididos. Recurriendo a palabras de Lacan, vidas marcadas por la indolencia de la cobardía moral, que no obstante sueña con destinos gloriosos y memorables, pero que ya no acontecen en funestos campos de batalla de ejércitos desalineados; sino en un territorio inaccesible e íntimo en donde se pelean las batallas fantasmales del Sujeto. Borges parece tener razón, el sentido de una vida se establece en el relato que el sujeto construye en el instante delirante, ¿por qué no?, de inventarse (escribir) su verdad; tal como acontece en un final de análisis.