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Claudio BarbaráUn sujeto comienza así su encuentro con su analista. Relata los últimos versos de un poema que leyó, dice: Me podés empujar a un precipicio / ¿Y que importa? / Podré volar. Entonces entendí que eso puedo hacer con mis pesadillas. No me atormentan ahora. De todo eso malo que sueño, puedo hacer algo bueno para mí.

En efecto, las pesadillas que lo despertaban angustiado, representaban para este sujeto una fuente de perturbación permanente. Lo expresa en sus términos, pide prestados los versos de un poema que ha leído, y esas palabras dejan de ser del autor del poema, para convertirse en un decir propio. Se beneficia de la interpretación que el análisis le ha permitido realizar de esos versos, como si fuera un sueño, agrega el sujeto con mucha precisión.

La dimensión poética del lenguaje y la experiencia del soñar, suelen estar anudados en nuestras vidas de seres hablantes: se constituyen en invenciones significantes que nos permiten modificar nuestra significación del mundo; y con razón, resultan ser un beneficio no buscado, y sin embargo, muy eficaz en cuanto a la reducción del padecimiento anímico.

Es el mismo sujeto que ha podido, en el pasado, reconocer el poder que las palabras oídas tienen sobre él: ciertas frases, ciertas afirmaciones, han tenido desde la infancia, dice, el poder de modificar sus estados de ánimo. No lo había tenido en cuenta hasta ahora –agrega-, y sin embargo fue siempre así. Me quedo pensando en palabras que me vuelven siempre a la mente.

Al lenguaje hablado siempre se le ha supuesto un poder, incluso un poder mágico. Desde la antigüedad, se supo que las palabras no son elementos impalpables e inocuos, su materialidad radica en los efectos que producen: pueden desencadenar dolores profundos, marcas inextinguibles, pleitos eternos, luchas agotadoras, destinos trágicos; pero también momentos gloriosos, triunfos incalculables, pasiones gozosas, amores imperecederos. Las palabras están entre nosotros, literalmente, como una red de elementos discretos que reúnen y separan a los individuos. Están entre nosotros, son el medium, la sustancia que constituye el lazo social. Palabras son las que nos nombran, o las que nos anulan en la indiferencia.

No es extraño, pues, que exista algo llamado psicoterapia, entendiéndose como un tratamiento cuya herramienta es la palabra, la palabra hablada, la palabra balbuceada, o la palabra callada mantenida en secreto. La psicoterapia no es un invento de la modernidad; se ha ejercido bajo formas muy dispares desde los orígenes de la cultura occidental. Siempre se supo de los efectos de la palabra sobre los seres hablantes; y siempre se encontraron maneras de ejercer el uso de la palabra sanadora; en primer lugar en el hecho religioso, claro está. La relación de los seres humanos con Dios, siempre se ha establecido por medio de la palabra; de la palabra del sacerdote, pero también la palabra de la oración, del rezo, de la imploración del creyente. Y otro uso muy particular de la palabra, el de la confesión: la palabra dicha en su función de salvación.

La palabra salvadora es una palabra pronunciada, dicha; en la que el sujeto se responsabiliza de decirla, o de callarla. El decir salva, el callar condena: en esta diferencia radica el peso de la palabra confesada. Y esta función de la palabra llega a nuestros tiempos en las prácticas de la psicología moderna: se invita al individuo a confesar. ¿A confesar qué? Lo que no se atreve a decir en su vida cotidiana.

Pero el Psicoanálisis no es un psicoterapia como las otras. En un análisis no hay tal imperativo: no se exige ninguna confesión. El Psicoanálisis no es una práctica religiosa, y no se promete el paraíso. En la experiencia analítica el sujeto habla, ciertamente, pero el acento está en escuchar. Un Psicoanálisis es una experiencia de la escucha: la experiencia poco frecuente de hablar, sí, pero sobre todo de escucharse hablar. El decir verdadero, el que salva, es aquel decir que queda en lo que se escucha de lo que se ha dicho. Y eso sólo se logra en el dispositivo analítico.

Es la función reveladora de la palabra: por la cual se iluminan las zonas oscuras de nuestras vidas. Así, por medio de la palabra un sujeto puede encontrar en un análisis, su salvación.