La idea de que el mundo es real es tal vez una consecuencia
del principio de placer, no del principio de realidad.
Juan  José Saer

La poesía no es algo, es sabido, que se haga para ser entendida. Sin embargo, como dice Lacan en el Seminario sobre “El acto psicoanalítico”, la poesía, “eso, hace algo”. Y es verificable que la poesía hace algo, incluso, a pesar de los poetas. Y eso, la poesía, o mejor, lo poético, parece estar en resonancia con el psicoanálisis. “Resonancia”, es una palabra que utiliza Lacan; muy precisamente cuando se refiere a la poesía. Que la poesía no esté hecha para ser entendida, no quiere decir que esté hecha para no enlazar nada. Pero perfectamente se comprende que la poesía no se lleva bien con lo que está destinado al servicio de lo útil.

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¿Y qué sería lo útil? Responder esta pregunta nos llevaría lejos. Nos llevaría a pensar en el utilitarismo propio del tiempo actual; el tiempo del imperio del discurso capitalista. Lo útil está del lado del “beneficio”. El beneficio que no se puede valuar si no es por el orden de lo capitalizable. Lo poético no es capitalizable. Análogamente, tanto el acto poético, como el acto anlítico, no están del lado de lo capitalizable. Como señala Colette Soler, “no se puede atesorar el acto analítico, es lo que llamo el anticapitalismo del acto”(1).

Entonces, sobre la experiencia analítica tenemos el descubri-miento freudiano, y la enseñanza de Lacan en su orientación; hay que ir ahí para encontrar sus razones. La estructura de lo poético, es la hipótesis, ilumina este campo.

La poesía, decimos, es algo inútil. Luego, en primer lugar Freud, y después Lacan, pudieron afirmar que el discurso de los poetas, es un discurso que se sostiene; tanto, que los psicoanalistas deben cuidarse ahí de hacer de psicólogos, donde los poetas le llevan la delantera. Lacan ha sido explícito sobre el tema y ha machacado mucho sobre los medios que son los de la estructura de la poesía. Es por eso que los analistas, ciertos analistas, no se han privado de servirse de ella, de la poesía.

“La poesía resulta de una violencia hecha al uso cristalizado de la lengua”(2), dice Lacan en “L´insu”. Un análisis enfrenta al sujeto con una violentación del uso de su legua cristalizada. El sujeto habita una lengua cristalizada. Del término “cristalizado”, hay que ir a buscar sus ecos en Stendhal, en sus elucubraciones sobre el amor. El sujeto habita una legua enamorada, cristalizada en un amor cristalizado. Es por esto que se puede comprender que el análisis va a contrapelo de una realización del amor: de una realización de una lengua cristalizada en un falso encuentro cristalizado.

¿Qué es una interpretación analítica sino una violentación de esta lengua cristalizada? ¿Qué se puede decir de una inter-pretación, que, como señala Lacan, lo es, a condición de que lo sea? De la poesía no se puede decir nada; aunque se diga. No se puede decir nada que valga la pena si no se está muy embrollado con ella. Lo mismo se puede decir del acto analítico; nada verdadero se puede captar, salvo que se esté bien embrollado con eso. Es el mismo “embrollarse” al que se refiere Lacan en las sesiones de su Seminario del año 1977.

Y precisamente su Seminario del año 1976-1977, lleva la marca de lo poético; comienza por un afiche que exhibe a su audiencia y pregunta: “¿Ustedes supieron leerlo? ¿Qué da esto para ustedes, eh?…”. El afiche lleva escrito en él el título que ha elegido para ese año (“…aquí tengo… un cartel así, gro-tesco…”). Como todo el mundo sabe, se trata de: “L´insu que sait de l´Une-bévue s´aile à mourre”; cuya traducción no es cosa sencilla. Y no es sencilla, o no es a secas, porque lo que participa de un decir poético, al forzar su sentido, evidencia la dimensión que conlleva ese decir con las “resonancias” de las que hablaba antes. Si hay metalenguaje, hipotetiza Lacan, tal vez sea la traducción. ¿Es posible la traducción? Es un gran debate. Digamos sólo que una traducción debería implicar un nuevo acto poético.

El Lacan de este período de su enseñanza, señala C. Soler, no es un Lacan que se preocupe por tomarse el tiempo de explicar sus aseveraciones; diré incluso, un Lacan sin concesiones, y para seguir sus elucubraciones, el esfuerzo queda todo del lado del lector. Es el tono, me parece, en el que Lacan se expresa cuando se pregunta: ¿cómo es posible (que el psicoanálisis) constituya una práctica que incluso es algunas veces eficaz?(3) No es una pregunta retórica, es una pregunta que va al grano del asunto. Puede el lector percibir al leer este seminario, un Lacan inquieto e inquietante. Es mi lectura. En la pregunta el acento recae sobre dos puntos: en “cómo es posible”, que es una pregunta sobre la causa de la eficacia de la experiencia analítica; y en “algunas veces”, que es una referencia a la especificidad de esa causa, y al mismo tiempo una puesta en cuestión de la eficacia misma.

Como afirma C. Soler, Lacan no es alguien que no mida las palabras que usa. En “L´Insu”, preocupado como está, vuelve sobre la referencia a la poesía, a la estructura de lo poético, que ya había abordado antes. Poético entonces el título elegido, es decir, un entramado equívoco. Ahí está, Lacan lo muestra, bajo el gesto de lo poético, lo que introducirá, una vez más, en las sesiones del Seminario de ese año. No es, al menos a mí no me pareció un dato menor; y sí, claro está, un gesto inútil. No está ahí para ser entendido. Su “resonancia” se escucha en el equívoco.

«Me rompo la cabeza, y lo más molesto es que no sé por qué me rompo la cabeza», dice Lacan a la audiencia al abrir la sesión del 10 de mayo de 1977. Continúa Lacan: “El inconsciente ha sido identificado por Freud, no se sabe por qué, a lo mental. Es por lo menos lo que resulta del hecho de que lo mental es tejido de palabras, entre las cuales hay equivocaciones siempre posibles”.

El término “equivocación” está contenido en la primer parte del nombre mismo del Seminario de ese año, que siguiendo una traducción aceptada(4), es: “Lo no sabido que sabe de una equivocación”, o bien, “que sabe del Inconsciente”, si seguimos a Lacan en la traducción que hace del término alemán «Unbewusst» (Inconsciente), por “La Una-equivocación” (l’Une-bevue); lo que quiere decir para Lacan, un escollo, un tropiezo, una patinada de palabra a palabra; es decir, un equívoco, un salto de sentido, que tiene la fuerza o esencia poética de lo inesperado, en lo cual el Sujeto se ve sorprendido.

¿Y sobre qué cosa se rompe la cabeza Lacan en 1977? Res-ponde: “Me rompo la cabeza, y pienso que al fin de cuentas, el psicoanálisis, es lo que hace verdadero. ¿Pero cómo hay que entenderlo?”. Pues bien, nos dice: “es un golpe de sentido”. Un sens-blant, término que Lacan inventa y que es una condensación de los términos Sens, sentido; y Semblant, semblante, apariencia.

Lacan se rompe la cabeza, como dice, retomando un interro-gante que no cesa de poner en cuestión el sentido de la experiencia psicoanalítica. Retoma esa pregunta en voz alta: “Todavía estoy para interrogar al psicoanálisis sobre la manera en que funciona. ¿Cómo es posible que constituya una práctica que incluso es algunas veces eficaz?”.

Hay lo indecible: que Freud articuló al complejo de castración, y Lacan a lo imposible, a lo Real como imposible; no obstante el psicoanálisis es una praxis interesada en la experiencia del sujeto con lo Real, cuya eficacia se postula en la dimensión poética que el hombre sostiene con ese hecho estético que es el lenguaje; única vía por la cual la palabra se articula con lo que cesa lo menos de escribirse; tal como lo señalara Lacan: “es por el hecho de que una interpretación justa extingue un síntoma, que la verdad se especifica como poética”(5).

No obstante el Hombre 2es impotente para justificar aquello que lo determina como tal; tanto como que sea por eso que lo determina, que pasan todos los efectos de sentido. “La astucia del Hombre es atiborrar todo eso con la poesía, que es efecto de sentido, pero también efecto de agujero. No hay más que la poesía, se los he dicho, que permita la interpretación. Es por eso, confiesa Lacan, que yo no llego más, en mi técnica, a lo que ella sostiene. Yo no soy bastante poeta. No soy bastante poâte”(6). Lacan dice: Je ne saris plus poâte-azzes.

En esta expresión de Lacan, se evoca aquello que dijera, siguiendo a Freud, en 1954: la fulgurante fórmula de Rimbaud: “los poetas, que no saben lo que dicen, sin embargo siempre dicen, como es sabido, las cosas antes que los demás”.

¿Y qué es lo que podríamos entender por aquello que la técnica lacaniana sostiene? ¿Qué quiere decir que un analista proponga los límites de su técnica en términos de no ser lo bastante poeta? Una aproximación: que la vía por la cual esa praxis que es la nuestra se sostiene, lo que sostiene vivo su discurso, es la vía poética. Lo poético se dirige a la verdad. O como lo dice Paul Valéry mucho mejor, se dirige a “aquello que no existe sino en el olvido de aquello que existe”(7). El hecho poético no es un hecho del entendimiento. La interpretación se dirige al enigma: una interpretación no es un hecho del entendimiento, antes apunta a la verdad. Para captar la esencia de un poema es necesario cierta predisposición, es decir, como decíamos, estar lo suficientemente embrollado con eso; con ese existir de aquello que sólo existe en el olvido de lo que existe, del que nos habla Valéry, y sorprenda al Sujeto en ese golpe de sentido del que nos habla Lacan.

Hagámonos la siguiente pregunta: ¿en dónde se sostenía aquello que sostiene el discurso analítico, en tiempos en que Freud no había hecho aún su descubrimiento? Postulo lo siguiente hipótesis: ahí en donde lo poético era, la experiencia analítica advino. En efecto, cuando cierto psicoanálisis se esfuerza hacia una forma cada vez más prosaica, pone en riesgo toda su posibilidad de eficacia; es un intento que va en la misma dirección de sostener lo mental en otra latitud que aquella que Freud imprimió a su descubrimiento, el de ser como señala Lacan, un tejido de palabras. “Todo lo que es mental –dice Lacan-, al fin de cuentas, es lo que escribo con el nombre de Sinthome”(8). Perder de vista que la verdad se especifica como poética en lo que al acto analítico le concierne, se traduce del lado del analista en impotencia, en la pérdida de la eficacia de la que se nutre la experiencia analítica por la cual, como vimos, Lacan se rompe la cabeza. Pero también se la rompía un tal Popper(9), quien rechazaba ambos discursos, el poético y el analítico, por ser ambos, tanto el enunciado poético, como el enunciado psicoanalítico, procesos infalsificables. Es decir de los cuales no se puede decir que sean verdaderos o falsos. De la interpretación analítica, no se puede predicar que sea falsa o verdadera; y no es de esta comprobación que dependa su eficacia. De la misma manera, una enunciación poética, no se puede decir que sea falsa o verdadera, y no es precisamente por eso que se pueda juzgar su justeza y su efecto de verdad. Ambos actos, entonces, el poético y el analítico, comparten la infalsificabilidad, y ambos además, no tienden a la constitución de un saber, sino a la estructura de la verdad.

¿Y cómo hay que entenderlo? Como “un golpe de sentido”, dice Lacan. Lo poético al decir de J. L. Borges, devuelve el lenguaje a su fuente originaria; es decir, lo poético devuelve a la palabra, de su dimensión abstracta de valor de uso, su valor concreto, original; en forma homóloga, el analista espera la oportunidad de devolver a la palabra del sujeto su valor original; aquello que en sus dichos, acompaña un decir, que permanece en el olvido.

Edgar Alan Poe resitúa la búsqueda del tal Popper: “que la poesía sea útil queda fuera de duda, pero ese no es su fin; se trata de algo que viene como beneficio agregado”, en dónde resuena aquello que en el análisis la cura, el beneficio, viene por añadidura.

Por lo cual no sería excesivo enunciar que ahí en donde la poesía era, la experiencia psicoanalítica debía advenir; en donde no hay que identificar poesía con literatura. La literatura no es lo poético, salvo en algunas ocasiones, como lo acotara el mismo J. L. Borges. Incluso, habría que tener presente la sentencia de Fedor Dostoievski: “La falta de la poético es el principal signo de impotencia”(10). Fórmula que podríamos establecer con cierta modificación de la siguiente manera: la falta de la dimensión poética es el principal signo de impotencia de la posición del analista. Como corolario, escuchemos la voz del poeta:

“El deseo es un criminal
todo vestido de fuego/
tiene patas tan largas
que llegan al olvido/”(11)

Al fin de cuentas, quizás, la suerte del Psicoanálisis esté ligada a la suerte de la Poesía.

Claudio Barbará

Referencias:

(1) En ¿Qué se espera del Psicoanálisis y del Psicoanalista? Ed. Letra Viva, 2007.
(2) J. Lacan, L’insu que sait de l’une-bevue s’aile ‘a mourre, (inédito).
(3) J. Lacan, L’insu que sait de l’une-bevue s’aile ‘a mourre, (inédito).
(4) Traducción de Susana Sherar y Ricardo E. Rodríguez Ponte, del texto establecido por J-A Miller publicado en Ornicar? 12/13, 14, 15, 16, 17/18.
(5) J. Lacan, Seminario Libro 24, L’insu que sait de l’une-bevue s’aile ‘a mourre, (inédito).
(6) Ibid.
(7) Valery, p., Necesidad de la poesía, Conferencia pronunciada en la Université des Annales el 19 de noviembre de 1937, recogida en Teoría poética y estética, Ed. Visor, Madrid, 1990
(8) J. Lacan, Seminario Libro 24, L’insu que sait de l’une-bevue s’aile ‘a mourre, (inédito).
(9) Popper, Karl Raimund (1902-1994) Filósofo austriaco, nacido en Viena.
(10) Dostoievski, F., Crimen y Castigo, traducción de Rodolfo Arias, Editora Colón SA, Panamá, 1964.
(11) J. Gelman, Dibaxu, Ed. Seix barral, 1994.