El psicoanálisis es el heredero de los derechos humanos

 

Colette Soler es doctora en Filosofía y doctora en Psicología por la Universidad de París.

 


El psicoanálisis es, en esencia, una teoría y una práctica alejada profundamente de los totalitarismos. Por eso, cuando mañana a las 13.30, la prestigiosa psicoanalista francesa Colette Soler visite el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti (predio de la Ex ESMA) para dictar una de las tres conferencias por las que viene a Buenos Aires (ver recuadro), será una imagen simbólica en un lugar que fue uno de los mayores centros clandestinos de detención de la Argentina durante la dictadura, reconvertido en democracia en un espacio de la memoria y de reivindicación de los derechos humanos. Soler es una eminencia en el campo del psicoanálisis: es doctora en Filosofía y doctora en Psicología por la Universidad de París. Es autora de numerosos libros fundamentales del psicoanálisis como Los afectos lacanianos y El fin y las finalidades del análisis (Ed. Letra Viva) y Lo que Lacan dijo de las mujeres (Ed. Paidós). Su encuentro con la enseñanza y la persona de Jacques Lacan hizo que se decidiera por el psicoanálisis. Fue miembro de la Escuela Freudiana de París fundada por Lacan y posteriormente de la Escuela de la Causa Freudiana. Es también miembro fundadora de la Internacional de los Foros y de la Escuela de Psicoanálisis de los Foros del Campo Lacaniano.

“Es importante para mí hablar en un lugar así porque es un lugar de memoria y que intenta conservar la memoria de las víctimas. Entonces, siempre es algo importante en la historia, en general, y también en el psicoanálisis luchar contra el olvido. Efectivamente lo intentamos y luchamos, pero hay que decir que no es fácil”, dice Colette Soler en la entrevista exclusiva con PáginaI12, poco antes de viajar a Buenos Aires. “Hace unos días escuché a un historiador que dijo algo muy fuerte: ‘Enseñamos la historia, pero la historia no enseña nada puesto que las sociedades son siempre al tiempo presente’. Creo que es un deber no olvidar de generación en generación. El psicoanálisis, que apareció a principios del siglo pasado en Europa, más precisamente en Viena, es el heredero de los derechos humanos”, agrega Soler.

–Claro, porque el psicoanálisis siempre estuvo en contra de cualquier totalitarismo…

–Absolutamente. El totalitarismo hace imposible al psicoanálisis porque en el psicoanálisis recibimos la palabra  de cada sujeto, sea cualquiera su sexo, edad, estructura. Entonces, es algo que pertenece a la valoración del individuo en los derechos humanos.

–¿Cómo puede colaborar el psicoanálisis con la memoria histórica?

–El psicoanálisis opera a nivel individual y trabaja con la memoria de cada uno. Hay que decir que entre la memoria de cada uno y la memoria de la historia colectiva, hay lazos, no hay un corte. Es cierto que en los sujetos la memoria de lo que pasó en la generación anterior está siempre presente. Y, especialmente, los individuos heredan una memoria de las desgracias de las generaciones anteriores.

–Vamos a sus inicios. ¿Cómo lo recuerda a Jacques Lacan?

–En realidad, hay dos aspectos diferentes de mis recuerdos. Tengo el recuerdo de él, como mi analista, ligado a mi análisis. Tengo recuerdos de momentos en que Lacan estaba muy presente, pero con el tiempo la memoria de Lacan como mi analista se fue diluyendo y me queda la memoria de mi análisis. Cuando terminé mi análisis hubiera dicho lo contrario, pero con el tiempo fue así.

–¿Y como formador?

–Formador es una palabra que no usaría con Lacan. Quizás es un problema de idioma, pero para mí “formador” evoca al “educador”. Lacan no era del todo un educador. Era alguien que producía una enseñanza, que hacía presentación de enfermos. Y al enseñar, Lacan era para mí toda una fuente continua de nuevas preguntas porque era una enseñanza difícil en la que uno necesitaba tiempo para apropiarse de lo que él decía. Era una fuente de preguntas, pero al mismo tiempo siempre estaba la percepción de que se decía algo. También Lacan fue un ejemplo de alguien que no cedía. Por ejemplo, lo vemos en el momento en el cual fue excluido de la Asociación Internacional de Psicoanálisis (IPA), cuando empezó su seminario Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. No se detuvo nunca con todos los episodios sucesivos de dificultades institucionales. A este nivel, es un ejemplo para mí.

–Después de más de 35 años de la muerte de Lacan, ¿cree que hay una relectura de su obra en el campo psi?

–Creo que con el correr del tiempo y el trabajo de diversas personas después de Lacan, hay una asimilación de su enseñanza, pero parcial, no completa. Los últimos años de su enseñanza, después de los 70, no son todavía bien captados ni sus fundamentos son bien entendidos.

–¿A qué atribuye que aun hoy el psicoanálisis genere odios tan fuertes?

–Hay que decir dos cosas: el odio al psicoanálisis empezó con el psicoanálisis. Se puede recordar que fue calificado de “ciencia judía” por los antisemitas, también de “ciencia burguesa” desde la izquierda, y ahora de “no científico” por la ciencia del cognitivismo. La crítica y el odio fueron desde siempre, pero quizás ahora se escucha más porque el psicoanálisis es más popular: se conoce en todas partes, se ve en los medios y, entonces, las voces que odian el psicoanálisis se escuchan más todavía. Pero es el signo de que el psicoanálisis no está muerto porque no se odia lo que ya desapareció.

–¿Y qué tiene para ofrecer el psicoanálisis en este mundo globalizado?

–Puede ofrecer la cosa más preciosa porque los sujetos adaptados a la globalización somos todos, en cierta medida. Estamos adaptados al capitalismo y compartimos el deseo que funda el capitalismo, un deseo de ganancia de dinero y de gozar de los objetos producidos. A ese nivel, somos todos parecidos. El psicoanálisis ofrece al sujeto la posibilidad de descubrir y asumir lo que es como sujeto singular, no parecido a los demás.

–¿Encuentra un incremento de angustia en el siglo XXI? ¿La depresión sería el factor más notorio en esta época?

–Hay todo un discurso sobre la depresión actual. La depresión implica no tener ganas, no tener la chispa, no tener el deseo de continuar y de actuar. La depresión le importa más al mundo capitalista porque les impide trabajar a los sujetos. Se tiran en la cama y no quieren trabajar más. El discurso común enfatiza más la depresión. Se enfatiza menos la angustia que la depresión, pero me parece que la angustia está más presente porque no impide trabajar ni desempeñarse en las actividades. A veces, acompaña en el trabajo.

–¿Qué es lo que deshace los lazos sociales en la era de la comunicación digital?

–Cuando hablamos de lazo social, hablamos de lazo de cuerpos, de convivencia de los cuerpos. Y la comunicación digital no es una comunicación de cuerpos sino de palabras o de escritos a distancia. Sucede que cuanto más los lazos reales se deshacen, más la comunicación digital se desarrolla. Es una pequeña compensación. Los sujetos que se encuentran solos, aislados, sin deseo, ¿qué hacen? Van a la comunicación: mandan mensajes, van a ver la pantalla. Es una compensación, no una causa.

–¿Hay un incremento del pensamiento de que nada vale la pena, que los sujetos no saben cómo darle rumbo a sus vidas y, en consecuencia viven en el sinsentido? ¿El psicoanálisis, a su vez, les ayuda a entrar en una búsqueda del sentido?

–Sí, hay muchos sujetos que ahora tienen el sentimiento del sinsentido. Pero, ¿qué es lo que produce el sentimiento de sinsentido? Sobre este punto hay una frase maravillosa de Freud: cuando un sujeto empieza a interrogarse sobre el sentido de la vida es que se trata de un enfermo del deseo. Lo que da sentido a la vida del hablante es el deseo. Cuando se desea algo con firmeza no se percibe el sinsentido de la vida, al contrario: el deseo es la vida del sujeto. Entonces, podemos decir que el sinsentido tiene algo que ver con el capitalismo, en cierta manera. Pero para entenderlo hay que mirarlo desde el lado del deseo.

–¿El psicoanálisis puede producir un cambio en el deseo del sujeto?

–Es cierto. No cambia todo el psicoanálisis, pero al menos puede tocar el deseo de dos maneras: primero, permitir a un sujeto reapropiarse su propio deseo y actuarlo. El segundo cambio, si seguimos a Lacan respecto de lo que dice sobre la producción del analista en un análisis, a veces se puede producir el deseo nuevo del psicoanalista. Ese es un cambio importante.

–Ya habló del deseo ¿Y en cuanto al amor? ¿Cómo nota, a grandes rasgos, la actual configuración de las relaciones afectivas?

–Las configuraciones actuales están menos determinadas por el discurso. En la época clásica, las formas del amor eran bien modeladas. Cada discurso daba una definición de lo que era el amor. Ahora, el capitalismo no se ocupa del amor de ninguna manera porque se ocupa sólo de lo que se compra y de lo que se vende. Las formas son múltiples y más contingentes. Dependen más del encuentro, de la coyuntura. Es difícil decir si es un logro o una pérdida.

–¿Por qué cree que hay parejas que llevan años de convivencia y no saben bien por qué?

–No se sabe nunca por qué uno ama al otro. La elección del amor surge del inconsciente y nunca uno puede decir: “Lo amo” o “La amo” por “tal y tal razón”. Pero eso es un poco diferente de la duración de las parejas porque en las que duran varios años, cuando se festejan los cincuenta años de un matrimonio, no son solamente cincuenta años de amor. Hay otros factores sociales que inciden. Me parece que hay una evolución en dirección de un carácter más efímero de las parejas. Atendí a una jovencita en análisis que me decía: “Oh, seguro voy a intentar al menos tener una familia, un hombre, un niño, al menos para algunos años. No sé cuántos: siete, ocho o diez”. Lo pensaba así. Hubo una época en la cual una jovencita soñaba con el amor de por vida. Ahora, se sueña con el amor por un tiempo.

–¿El amor del siglo XXI carece, entonces, de modelos?

–Es lo que quería decir. Carece de modelo instituido. Lo que Lacan llama “el verdadero amor” es algo que se desarrolla fuera de los discursos establecidos, en el margen de los discursos establecidos. Entonces, habría que distinguir los amores que encuentran un modelo socializante y los amores míticos.

–El domingo pasado se celebró en la Argentina el Día de la Madre. ¿Cree que el capitalismo hace un comercio del amor?

–Sí. Si bien decía que el capitalismo no se ocupa del amor, se ocupa de lo que vende. Entonces, están el Día del Padre, del Niño, de los Abuelos. Efectivamente, hay una explotación del gusto que los humanos tienen por el amor. El capitalismo lo explota, pero no se ocupa de sostener el amor. Explota lo que se encuentra.

–¿Por qué definió como “narcinistas” a los sujetos que se dedican a sus satisfacciones propias en cualquier campo que sea: profesional, amoroso, sexual?

–Es una condensación de las palabras “narcisismo” y “cinismo”. El narcisismo consiste en ocuparse de sí mismo. El cinismo consiste en dedicarse a su propio goce. Lo que subrayé fue que el cinismo actual no es el antiguo. El antiguo era un cinismo que tenía un alcance político, como sucedía en los tiempos del emperador Alejandro. El actual no tiene un alcance político. Los sujetos no tienen más causas colectivas para dedicarse. El cinismo actual es por falta de causas. Los sujetos se dedican a sus pequeñas cosas, a sus logros, a sus beneficios.

–¿Por qué el deseo no llega a ser algo patológico si todos se quejan del mismo: el deseo insatisfecho en la histeria, el deseo imposible del obsesivo, el deseo masoquista del perverso?

–El deseo tiene una doble cara. Por un lado, el deseo es la vida del sujeto, la vida que la muerte soporta. Deseamos porque somos faltantes en tanto que seres hablantes. Entonces, es la forma de vida, no del cuerpo, pero del sujeto. Al mismo tiempo, hay una destructividad porque el deseo es algo que, al mismo tiempo, fuerza al sujeto. Uno, a veces, puede asumir su deseo, pero éste fuerza al sujeto. Entonces, hay una doble cara. Ahora, si usted habla del deseo insatisfecho, imposible y masoquista, eso designa una forma de deseo ligado a una sintomatología precisa. No designa un objeto en sí mismo pero sí un modo de goce. En cada estructura encontramos un deseo específico, pero siempre ligado a un modo de goce. El goce no es algo que necesariamente satisfaga.

–A diferencia de Freud, ¿Lacan respondió la pregunta “¿Qué quiere una mujer?”?

–Sí, podemos decir que respondió algo. Freud no respondió pero tuvo el mérito de plantear la pregunta, porque después de años para aplicar el Edipo en la mujer, Freud dijo: “No sabemos qué quiere una mujer”. Era una confesión de su fracaso para contestarla. Lacan retomó la pregunta de Freud e intentó decir algo nuevo sobre las mujeres y planteó la diferencia a nivel del goce.

FUENTE: Oscar Ranzani – Diario Página 12. 

 

Entrevista con Hanif Kureishi.

El autor británico se psicoanaliza hace más de veinte años y cuenta cómo incidió en su literatura y en su cosmovisión

Hanif Kureishi me recibe en el comedor diario de su casa victoriana ubicada en West London, cerca de Shepherd’s Bush. Es un sesentón bajo de piel cetrina, mirada parca y cuerpo trabajado que viste de entrecasa –guarda algún parecido con Kafka, cuya foto nos mira desde la cocina. Pese a haber tramado su literatura en torno a su origen –madre inglesa, padre paquistaní– Kureishi es inglés de cabo a rabo. La puntualidad y el té son apenas indicios.

Kureishi podría ser Kafka, solo que su literatura está arraigada a la vida y habitada por el deseo. Como él mismo: tres hijos –quienes viven con sus madres en el vecindario– y una novia italiana bastante menor hablan de ello. La literatura en su caso es un asunto genealógico, se transmite de padres a hijos. Su padre, un prolífico escritor inédito; él mismo, un escritor de culto que escribe novelas y ensayos, obras de teatro y guiones de cine e incluso dirige sus propias películas; uno de sus hijos también escribe. “Pero todos mis hijos –dirá– quieren trabajar en películas y televisión, que es el presente y el futuro. No quieren escribir novelas, no leen novelas”.

Kureishi podría ser el Kafka que hablara –refiriéndose al judaísmo– de “mi pueblo, en caso de que tuviera uno. Crecí leyendo a Philip Roth. Su experiencia con la comunidad –en tanto estadounidense judío– fue similar a la mía. Me gusta no estar integrado. Cuando era niño quería estarlo, claro, pero no estar integrado es una hermosa idea”.

Quizás ese desajuste sea una de las razones que lo acercan al psicoanálisis. “El psicoanálisis –dice Kureishi– promueve la idea de que cualquiera es un extranjero, extraño frente a su propio inconsciente y el de otros. Yo no quiero estar integrado”. Al igual que Roth y Kafka, Kureishi ha escrito acerca de su padre. También ha debido hablar de él. En veintitrés años de análisis, dos veces por semana, con el mismo analista, habrá tenido tiempo de hacerlo. “Acabo de empezar”, dice, no sin ironía, y cuenta cómo toma la bicicleta para ir a sus sesiones “con los nervios de una primera vez, para tener la mejor conversación de mi vida”.

–No es fácil ir más allá del padre, tuviste que “matarlo” para ir más allá que él, y has ido mucho más lejos como escritor.

–Mucho más lejos, sí. Necesité que mi padre muriera para escribir libremente Mi oído en su corazón. Tuve que esperar que mi padre muriera antes de hacer muchas cosas: antes de tener hijos, antes de enamorarme… Lo mantuve vivo y lo maté poniéndolo en un libro, como hizo Kafka.

–Fue difícil porque era un patriarca, un gran hombre. Pero era también un hombre muy débil. ¿Es más difícil deshacerse de un padre débil que de un padre fuerte?

–Mi padre estuvo enfermo durante los últimos veinte años de su vida. Tuvo muchos ataques cardíacos y fue también un fracaso como escritor. Era un inmigrante y creo que siempre se sintió infeliz y alienado en Inglaterra. Entonces, aunque era mi padre, era un hombre humillado al que era difícil “matar”. Pasé mucho tiempo en mi juventud tratando de mantenerlo vivo, de escuchar sus historias, sus sueños, las novelas que quería escribir. Entonces fui, podría decirse, su analista, su apoyo, su amigo, su hermano, tanto como su hijo. Un padre así, un padre débil que no puedes tirar a la basura es una idea más compleja que cuando tú y tu padre son ambos fuertes y luchan. Es imposible. Pero lo que puedes hacer es evitar que sea un límite para ti, poder moverte más allá de tu padre. Y a la vez amarlo.

–En ese libro te inventaste un padre…

–Claro, lo inventé. Pero tanto como una invención mía fue una persona. (En ese momento, como si necesitara mostrar una prueba física de ello, se levanta, busca y me muestra un cuaderno de tamaño oficio y tapas oscuras, escrito sin darle respiro a las hojas en una letra prolija de oficinista). Tengo los diarios de mi padre aquí, que leo y leo. Pienso sobre ello.

–¿Es cierto que el psicoanálisis salvó tu vida?

–Muchas veces, de muchas maneras. Impidiéndome ser autodestructivo, me salvó de eso que no es poco. Y también me permitió aprender a hablar. Yo tuve que aprender y lo hice escuchándome hablar. Y escuchándome no hablar, ahí donde está el límite, lo que puedes pensar pero no puedes decir. Hoy en Londres alguien que se siente algo deprimido, va al médico que le prescribe pastillas. El análisis no te promete felicidad. No te promete nada. Nada excepto sentarte en una habitación y hablar. Me encantan las drogas, pero solo las ilegales. El psicoanálisis no ofrece nada. Aunque puedo decir que salvó mi vida.

–Hay fuertes lazos entre psicoanálisis y literatura.

–El psicoanálisis para mí siempre ha estado más cerca de la literatura y la filosofía que de la ciencia. Psicoanálisis y literatura se iluminan el uno al otro.

–Susan Sontag ponía de relieve el aspecto estético de la sesión analítica, como una suerte de instalación o performance.

–Es una performance, sí, podría decirse. No hay otra idea en el mundo como la de la sesión psicoanalítica, ¿o sí? Dos personas sentadas en una habitación por veinticinco años sólo hablando, varias veces por semana. Solo hablando, y acerca de las cosas más tontas… de hecho la tontería, podría decirse, es la esencia del trabajo. Es una idea extraordinaria. ¡Puede entenderse por qué no está de moda! Porque es una idea bizarra, aunque hermosa.

* Entrevista realizada por Mariano Horenstein. Diario Clarín.